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Violencia y Virilidad en la telenovela latinoamericana: ¿Reforzador de conductas negativas? Print E-mail
  
Monday, 13 July 2009 10:10

Verónica cayó al suelo y se tomó la mejilla enrojecida, mientras un sollozo  salía de su boca.

-- ¡Mujerzuela!, ¡Te vi besando a Gerónimo en el jardín!, exclamó Luis Carlos, sumido en la ira.-- ¿Pero no viste que yo no lo dejé besarme?, replicó la mujer, sus palabras cortadas por un llanto ya copioso.

-- ¡No importa! ¡Han manchado mi honor y debo recuperarlo! No te quiero ver cuando vuelva, Exclamó mientras azotaba la puerta de la habitación en busca de Luis Carlos.
La escena, cambiando los nombres, puede ser encontrada en cualquier guión de telenovela de la época dorada de la televisión venezolana –entre mediados de los 70 y principios de los 80. La violencia contra la mujer, especialmente contra la protagonista, era parte de la historia de cenicienta de la figura femenina del culebrón.


Pierre Bourdieu, en su libro La dominación masculina (2000), define la virilidad como el “principio de la conservación y aumento del honor”. Para el autor, el concepto es indisociable con su cualidad física, pues lo que para él se espera de un verdadero hombre incluye demostraciones de fuerza sexual, como el desfloramiento de la novia o una prolija descendencia.
Esta es una de las cualidades que el sociólogo presenta como responsable de la construcción social que vivimos hoy en día: dividida por género, “organizada” de manera diferente para hombres y mujeres, con una sorprendente ventaja para el primero –día, calor, trabajo, creador.
La dominación masculina se perpetúa así en todas las relaciones e instituciones sociales, puesto que es producto de una violencia simbólica invisible para sus propias víctimas. Las relaciones de dominación no se sustentan en decisiones conscientes, sino que están ocultas tanto para los dominantes como para dominados, y se expresan en percepciones y hábitos duraderos y espontáneos.
Parte de esos hábitos incluye, lamentablemente, expresiones potencialmente peligrosas para las mujeres. En las sociedades latinoamericanas, el macho es aquel que resalta sus cualidades viriles en múltiples formas, pero principalmente agrediendo al sexo femenino física, verbal o psicológicamente.
Desafortunadamente, el concepto de macho latinoamericano siempre ha tenido el elemento de violencia como parte esencial de su construcción. “Macho que se respeta no deja que su mujer…” es una frase que se repite hasta la saciedad en las calles caraqueñas, o del D.F. mexicano, y generalmente el final del dicho prevé una solución no conciliatoria al conflicto: desde la violencia de género, pasando por la agresión verbal y mental hacia la mujer en la mayoría de los casos.
Entenderemos por violencia física cualquier acto que dañe la integridad de la persona, mientras que la violencia verbal es aquella que busca ofender. La violencia psicológica, por otro lado, es un término más difícil de definir. El doctor Félix LaRocca, profesor de la Universidad Autónoma de Nuevo León, México, ofrece una explicación acorde con el objeto de investigación. “Es la serie de acciones que buscan el derrumbamiento moral de una persona. Son todas aquellas cosas, apenas perceptibles, que se utilizan para derrumbar la barrera de la vergüenza e inclusive, justificar lo injustificable
En la pantalla chica, personajes legendarios, como el de Constitución Méndez en La Señora de Cárdenas, tuvieron un pasado rocoso: cuenta la historia de José Ignacio Cabrujas que de niña fue violada, y ese episodio la marcó para siempre. Por ello su carácter monolítico y la “maldad” encerrada que la catapultó como el estereotipo de las villanas de los seriados en el país.

Video Cortesía: Elisa Vásquez, Guillermo Berincua, Karen Bernal y Alejandra Raga


Pero sin duda alguna es el hombre, generalmente el antagonista, el que muestra en cámara todos esos estereotipos. Mariano Álvarez, quien interpretó a José Manuel Valladares en Mujer Secreta, desarrolló un personaje que abusaba físicamente de su mujer. En el culebrón venezolano-estadounidense El Juramento, Natalia Streignard (Andrea) es constantemente humillada por Osvaldo Ríos (Santiago), ya que éste busca vengarse de la asesina de su hermano.
Pero hay que ir más allá. ¿Ese comportamiento novelero afecta la conducta de sus televidentes? ¿Es posible que ver la violencia de género reflejada en el telerreceptor refuerce el machismo latinoamericano? Para el profesor Carlos Gutiérrez, que dicta la cátedra Argumentación y Género en la Universidad Central de Venezuela, la telenovela es “una hipérbole de lo que sucede en las distintas sociedades de nuestro continente”. En su opinión, la telenovela no ayuda a arraigar comportamientos de violencia porque ya están allí, sus orígenes se remontan a cómo se vive en la región.
En el día a día, son miles los ejemplos de agresión que encontramos en la calle. Unos se mantienen en secreto, otros se gritan a voces. La mayoría de los casos, sin embargo, tienen una cosa en común, un hilo conductor: el perpetrador siente “restaurada” su virilidad, pues ha “retomado el control” de una situación que le era desfavorable.
Sin embargo, estas actitudes poco o nada tienen que ver con la principal fuente de entretenimiento. “¿Quién ve novelas en Venezuela? Las señoras mayores de 40 años de las clases B y C, y las mujeres de las clases D y E en todos los estratos etarios”, comenta Gutiérrez. Los hombres no ven los seriados. Inaceptable, no es de “machos”. “Por eso es imposible que copien un patrón de conducta de un producto que no consumen”, agrega.
Sin embargo, el caso contrario –el de la mujer sumisa y sumida- si es copiado. “Existe un elemento empático con las cenicientas de las novelas, sobre todo en las mujeres jóvenes de clases bajas que esperan a su ‘príncipe azul’” explica el académico. Para ella, la replicación de los patrones de conducta va mas allá de ese anhelo: también “caen” en la trampa de sus propios antagonistas y terminan siendo víctimas de múltiples situaciones de violencia que pasan desde el insulto hasta las golpizas.
Una encuesta realizada a 20 personas -10 hombres y 10 mujeres-, demuestra que, efectivamente, la población cree que los melodramas no refuerzan conductas de violencia masculina –de ningún tipo-, pero si desvirtúan a la mujer. Al ser consultados sobre la relación entre virilidad y violencia, el 85% contestó que ese tipo de conducta es parte de nuestra identidad cultural.
Y las estrellas de telenovela influyen en nuestra identidad cultural. El ya mencionado Osvaldo Ríos fue figura en un episodio de violencia doméstica, que luego inmortalizó Calle 13 en las letras de Que lloren “…Voy a abusar de ti como Osvaldo Ríos abusa de las mujeres…”. En Venezuela, el caso emblemático es el de la estrella Roberto Lamarca, demandado por su esposa tras un impasse en el que ella terminó moreteada, y las fotos cuentan su historia.
“Evidentemente ver al galán de la novela en los titulares de la prensa como un violador, o un tipo que le pega a su esposa tiene un impacto negativo, pero no es importante- señala Gutiérrez- más importante es lo que te dice tu papá cuando eres niño, que no te dejes joder por una mujer, lo que te recuerda cuando eres adolescente, que si te montan cachos debes vengarte, lo que te repite cuando eres adulto, que hay que mantener el apellido bien en alto”., concluye.
Al ser consultados sobre el origen de la violencia doméstica,  y luego de haber explicado correctamente el concepto de virilidad, la mayoría reconoce que existe un vínculo inicial entre ambos conceptos. También reconocen que la necesidad del hombre de “dominar” o “restaurar” está ligada a gran parte de los episodios ofensivos de este tipo. “No es la novela lo que tenemos que cambiar, es la cultura” concluye  el catedrático.