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Las Voces del Futuro

Vivir en la pajarera Print E-mail
  
Wednesday, 08 July 2009 16:20

Vivimos entre rejas, el argumento cierto de la inseguridad ha dado paso que privaticemos sin miramientos lo que antes era público, las calles, las aceras. Crónica microlocal sobre la decisión de los vecinos de la California Norte, en Caracas, de cerrar las calles internas para el tránsito público.

 

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Esta crónica comencé a escribirla cuando viajé a una ciudad en la que los vendedores de rejas tendrían que cambiar de ramo. Allí, los edificios no colocan rejas en sus ventanas, y todavía nos podemos sentar en el jardín de los vecinos.

Fue tanta mi impresión por la falta de rejas que lo mencionaba a cada persona que quisiera escucharlo, y con tal efusividad que muchos no lograban comprenderlo. Me decían que en esa ciudad sí había inseguridad, sí había homicidios, pero que el nivel era tan bajo que colocar rejas se percibía como algo innecesario.

Comencé a tomarle fotos a las ventanas sin rejas, a los muros sin verjas, a las calles sin garitas. La gente no comprendía mi impresión. Es que ellos nos sabían que yo vivo en una pajarera.

Uno no se da cuenta de la cantidad de rejas, puertas y ascensores con seguridad que debe atravesar para llegar a casa hasta que el llavero comienza a pesar en la cartera. No se da cuenta de que vive en una pajarera hasta que se asoma al balcón y es obvio que el hit de la temporada son tubos de acero, hierro o aluminio cerrando las calles.

Vivo en la California Norte, una urbanización del noreste de Caracas. Según los mismos vecinos es el geriátrico del municipio, y es cierto, muchas personas de la tercera edad viven en la zona, en quintas que tuvieron mejor época pero que ahora languidecen frente a edificios y conjuntos residenciales.

Eso sí, todos compartimos una especie de adoración por las rejas. Son aquello que nos salva, que nos protege.

Sólo el perímetro de la urbanización, las avenidas Madrid (al oeste), París (al norte), Roma (al sur) y Santiago de León (al este), son de tránsito público a toda hora.  Las calles internas permanecen cerradas con rejas, garitas de seguridad o cadenas.

No fue una decisión tomada en conjunto por toda la comunidad, más bien fue un proceso que atendió a situaciones puntuales, si una noche secuestraban a toda una familia dentro de una casa, era seguro que a la semana siguiente esa calle cerrara el acceso público. Cada reja entonces, respondía a un hecho notorio de inseguridad dentro de la zona.

Así, las primeras en cerrar fueron las ubicadas al sur de la urbanización: calles Lisboa y Viena. Meses después, se sumaron las avenidas Barcelona, Niza y Mónaco. La transversal a estas avenidas, la calle Londres fue cerrada luego.

Muchos pueden creer que se trata de paranoia colectiva, yo misma por momentos he llegado a creer que es algo exagerado, luego ocurre algo que me hace creer que deberíamos colocar rejas desde la salida de la estación del Metro La California.

Sólo por mencionar algo. La avenida París de la California Norte, esa hermosa calle que por un lado tiene quintas algo avejentadas y por el otro lado tiene edificios de clase media, es una de las calles más peligrosas del populoso municipio Sucre.

Si vives allí ten por seguro que verás al menos un acto delictivo por semana, y créanme no es nada agradable que mientras cenas, alguien en la calle grite: ¡me llevan, me llevan! Y acto seguido, un carro arranca picando cauchos. Dan ganas de encerrarte en un cuarto del pánico con la despensa llena y el WiFi incorporado.

Porque las rejas en cada calle y en cada acceso público, que secuestren a los vecinos del edificio de al lado, que roben a la doñita que viene de hacer las compras y que como respuesta los vecinos sólo puedan colocar rejas y garitas de seguridad, nos hace creer, como ciudadanos, que lo único que nos queda es encerrarnos cada vez más, y cada vez más.

Nos convierte en ciudadanos temerosos del otro, sólo seguros si hay algo que impida el acceso. Nos convierte en habitantes de pajareras y en turistas que sólo hablan de rejas cuando llegan a una ciudad que no las tiene.

Eso somos y así estamos. Hemos sacrificado el espacio público en aras de una imperiosa necesidad de seguridad, de salvaguardar nuestros bienes o nuestras vidas.


Al otro lado del borde
Espero que esta crónica sea como una botella lanzada al mar, como una cápsula del tiempo, como una fotografía escrita, radiografía de mis sentimientos como ciudadana de la pajarera.

Para cerrar, y no con rejas, quiero dejar como reflexión un párrafo de la arquitecta argentina Adriana Pérez Moralejo, una de las más firmes defensoras del proyecto “Parque Lezama sin rejas” en Buenos Aires:

“La sociedad pretende resolver con una forma (la reja) lo que no está bien de fondo (la falta de horizontes, el desempleo, la inseguridad). Si no hacemos urgente algo de fondo va a ser gran negocio fabricar formas (rejas) ya que no sólo vamos a tener que enrejar los monumentos y las plazas sino las calles, las casas, los colegios, y por supuesto, vamos a tener que hacer más cárceles con más rejas: kilómetros y kilómetros de rejas para parar no sólo a los vándalos sino a la delincuencia provocada por la falta de política social y política de empleo…

… No me opongo a la reja tan tenazmente, pero pobres nuestros dineros públicos si es que son destinados a esta nueva reja cuando paralelamente nuestros gobernantes siguen sin comprender que el gasto social no es gasto, sino ahorro en seguridad...


… Pero como todo esto no es fácil de solucionarlo rápido, las rejas podrán ser paliativos, pero el problema no estará resuelto. A lo sumo, será trasladado hasta el borde”.